Supe que en ese lugar ocurría algo extraño en el mismo momento en que posé con firmeza mi pie
enfundado en una vieja zapatilla Converse sobre la línea divisoria de un vivo
color rojo. No entendía qué clase de pueblo necesitaba ser delimitado con tan
escrupulosa exactitud. A un lado del
camino de gravilla, un cartel blanco rematado con filigranas de forja rezaba:
“Bienvenido a Storybrooke”.
A pesar de ser el típico y pintoresco pueblecito
pesquero del que cabría esperar un ambiente tranquilo y soporífero, lo cierto
era que la tensión se palpaba en el aire. O al menos, eso me parecía mientras
observaba a la gente ir y venir de acá para allá, seria y cabizbaja, sin apenas
reparar en aquella extranjera que había aparecido en su pueblo.
Ninguna persona podía enterarse de mi verdadero propósito. No había atravesado todo el país para que cualquiera entorpeciera mi misión. No pararía hasta encontrar aquello que con tanto afán buscaba desde hacía varios meses y dudaba mucho que nadie pudiera detenerme.
Súbitamente, noté un escalofriante cosquilleo en la
nuca. Sospeché que alguien me estaba vigilando, aunque no había forma de saberlo con
certeza. La cercana torre del reloj, que sobresalía por su altura entre el resto de edificios del lugar, parecía escrutarme con sus acusadores ojos inexistentes. Apreté el paso, aferrándome a las correas de mi mochila, tratando de
no fijar la vista en nada ni en nadie en particular.
Por supuesto, no me percaté de que unos glaciales ojos azules me desnudaban metafóricamente con su mirada penetrante.
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