De un salto, subí los dos pequeños escalones que conducían al estrecho porche revestido de madera, en cuyo umbral se distinguía una puerta acristalada, enmarcada por un intenso color granate. Rápidamente, se abrió cedida por el suave empuje de mis dedos, siendo acompañada por una delicada campanilla que tintineó, anunciando mi entrada.
Había continuado caminando por la calle principal del pueblo para seguidamente dar un par de vueltas por el lugar, con el fin de encontrar algún edificio medianamente interesante. No tenía muy claro adónde iría, ni siquiera sabía por dónde empezar a buscar; pero en ese momento, sólo era capaz de pensar en los rugidos hambrientos de mi estómago, que no cesaba de protestar ante la persistencia del vacío en mi mochila.
Ante tal situación, no dudé en precipitarme hacia la primera cafetería con la que mis ojos se toparon y que resultó no encontrarse lejos de la biblioteca, es decir, de la famosa torre del reloj.
Cuando entré, paseé la mirada por el local abarrotado. Una rolliza anciana de ensortijados cabellos grises, que parecía escrutar de una forma amable a todo el mundo tras sus diminutas gafitas redondas, dominaba la escena tras la barra, sin parar de servir platos de suculento aspecto. Las mesas se disponían en torno a rojos asientos de cuatro, unos enfrente de otros, lo que me pareció del todo inapropiado: no me apetecía ni lo más mínimo observar a un completo extraño mientras comía a menos de dos metros de mí.
Me acerqué a la barra y me dispuse a pedir lo primero que se me ocurriese. Tras un breve intervalo en el que me dediqué a prestar atención a la concurrida charla que acontecía justo a mi lado entre una joven rubia y un muchacho que no sobrepasaba los doce años, aferré la bandeja con la comida que la anciana me ofrecía y me detuve en el centro de la cafetería.
Únicamente había un hueco en una de las mesas pegadas a la pared del fondo.
Y el apuesto hombre de oscuro pelo cuya mirada etérea me taladraba el alma ocupaba el asiento de al lado.
viernes, 20 de junio de 2014
martes, 17 de junio de 2014
Fanfiction: Deseo.
Supe que en ese lugar ocurría algo extraño en el mismo momento en que posé con firmeza mi pie
enfundado en una vieja zapatilla Converse sobre la línea divisoria de un vivo
color rojo. No entendía qué clase de pueblo necesitaba ser delimitado con tan
escrupulosa exactitud. A un lado del
camino de gravilla, un cartel blanco rematado con filigranas de forja rezaba:
“Bienvenido a Storybrooke”.
A pesar de ser el típico y pintoresco pueblecito
pesquero del que cabría esperar un ambiente tranquilo y soporífero, lo cierto
era que la tensión se palpaba en el aire. O al menos, eso me parecía mientras
observaba a la gente ir y venir de acá para allá, seria y cabizbaja, sin apenas
reparar en aquella extranjera que había aparecido en su pueblo.
Ninguna persona podía enterarse de mi verdadero propósito. No había atravesado todo el país para que cualquiera entorpeciera mi misión. No pararía hasta encontrar aquello que con tanto afán buscaba desde hacía varios meses y dudaba mucho que nadie pudiera detenerme.
Súbitamente, noté un escalofriante cosquilleo en la
nuca. Sospeché que alguien me estaba vigilando, aunque no había forma de saberlo con
certeza. La cercana torre del reloj, que sobresalía por su altura entre el resto de edificios del lugar, parecía escrutarme con sus acusadores ojos inexistentes. Apreté el paso, aferrándome a las correas de mi mochila, tratando de
no fijar la vista en nada ni en nadie en particular.
Por supuesto, no me percaté de que unos glaciales ojos azules me desnudaban metafóricamente con su mirada penetrante.
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